La Coctelera

10 Enero 2012

Dejé mi corazón en El Aaiún

Cuando me marché a Roma, dejé mi corazón en El Aaiún. Creía que seguiría allí, esperándome hasta el día de mi regreso. Sin embargo, cuando volví a casa no pude encontrarlo, ni tan siquiera hallé su rastro. Intenté preguntar a mis antiguos amigos, pero todos habían partido hacia el exilio. Sus madres y padres eran personas mayores, consumidas por su pasado de lucha y nuestro presente de represión. Nadie pudo decirme una palabra acerca de su paradero, y sin corazón perdí el sueño y el apetito, perdí las ganas de vivir, enterrando poco a poco mis ilusiones en lo más profundo de la arena.

De noche, el viento del desierto llegaba a la ciudad y me recordaba que, más allá, hacia el sur, se extendía un vasto paisaje selvático totalmente desconocido para mí. Algo parecido debían pensar mis compañeros en Roma cuando el viento del desierto venía a descargar su polvo sobre Europa: que al otro lado del mar debía de existir una tierra yerma poblada por violentos nómadas montados sobre dromedarios. Ésa era mi tierra, la que ahora padecía en silencio mientras la rasgaban y la maltrataban impunemente, la que lloraba por sus hijos desperdigados y encarcelados.

Durante el día, mi monótono trabajo, empañado por el calor que los viejos ventiladores de fabricación soviética no conseguían disipar, me impedía centrarme en mis reflexiones nocturnas. Siempre había algo que hacer, pero todos pasábamos sin pena ni gloria, repitiendo día tras día los mismos hábitos. A veces, comentaba en privado con algún cliente las calamidades de la situación política; rara vez, en cambio, se oía hablar en público de la RASD y mucho menos del Polisario. Pero todos, también yo, teníamos banderas, símbolos o lemas guardados. Formalmente, por supuesto, éramos ciudadanos de otro país; apátridas en realidad, una bolsa menguante de personas tiradas, sin rumbo, y a pesar de ello sentíamos y moríamos como cualquiera.

Me preguntaba si había elegido el camino correcto. Podría haberme quedado en Roma, sin tener que sufrir el calor sofocante del desierto ni el frío desgarrador de la ocupación. Sin tener que contemplar el desánimo de todo un pueblo derrotado, abandonado y vuelto a derrotar. Pero había decidido volver a casa en busca de aquél corazón que una vez abandoné allí, prometiéndole falsamente que volvería enseguida a recogerlo. No fue así: pasé quince años en Roma, y en todo ese tiempo ni se me ocurrió coger un avión de vuelta. No podía, sabía que si regresaba al Sáhara sería incapaz de volver a marcharme, de acabar la carrera, de tener un futuro.

Ahora que estaba de vuelta y no podía encontrar mi corazón, quizá debería haberme ido otra vez a Europa y asumir de una vez mi condición de apátrida, y olvidar El Aaiún, olvidar la casa de mis abuelos bombardeada, el olivo calcinado del patio y a mi padre detenido por atreverse a gritar contra el rey Hassan; olvidar también la arena que cubría los cuerpos de aquellos que no tuvieron tiempo de alcanzar el exilio, la ciudad destruida y reconstruida y el río seco que daba nombre a nuestro país; olvidar mi despacho con sus ventiladores soviéticos y marcharme a otro sitio, a Roma, a ejercer de nuevo con las leyes que había estudiado en la facultad y no con las que había impuesto el conquistador al pueblo conquistado.

Pero al final apareció. Estaba a cargo de una cuidadora en un hospital de Tifariti construido gracias a lo que llamaban "ayuda internacional". Imposible averiguarlo: a El Aaiún no llegaban noticias de las ciudades situadas más allá del muro, las minas y los radares. Tardé tres días en llegar; allí me llevaron hasta la puerta del hospital, engalanada con banderas de la RASD junto a una placa conmemorativa colocada por parlamentarios españoles en un intento de limpiar su conciencia. Luego una sala de recepción, un pasillo con azulejos de colores y una habitación con ocho camas. En la de más al fondo dormitaba mi corazón.

Contemplé a mi hermana con lágrimas en los ojos. Teníamos la misma edad, pero su cuerpo se había marchitado más rápidamente que el mío. La expresión triste y ausente de su rostro cambió nada más verme, me saludó con la mirada y lloró en su idioma de signos: «Ha pasado tanto tiempo...». Le respondí lo único que podía, lo que había estado pensando desde el mismo día que me marché a Roma: «Te dejé en El Aaiún, mi corazón. Pero ahora estoy contigo». Contigo.

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Sobre mí

El 17 de novembre de l'any 2006, un estudiant desequilibrat i excèntric, encoratjat per alguna mena de sentiment estrany, va obrir aquest bloc amb la intenció de... bé, tant és. Actualment continua desenvolupant una intensa tasca de recerca filosòfica utilitzant com a eines fonamentals la música i l'escriptura espontània. Un dia o un altre trobarà el veritable sentit de la vida; mentrestant, deixem-lo que gaudeixi amb aquestes activitats bohèmies, que tan inútils resulten per a la supervivència de la seva espècie...

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